¿Estímulos o austeridad?

Hoy no voy a hablar de tecnología ni de startups. Bueno… de hecho, indirectamente estas cuestiones que son las habituales en mi blog (I+D, innovación, tecnología, disrupción, startups) estarán también contenidas en el post de hoy. Pero repito, indirectamente, tal como expondré al final. Hoy escribo sobre políticas (macro)-económicas (el post más largo de todos los que he escrito, muchos no llegarán al final).

En mis estudios de ingeniería, aparte de la tecnología, estaba también –aunque más lateralmente- la economía. Nuestros libros de referencia en esos momentos eran el Samuelson y el Wonnacott, de los hermanos Paul y Ronald. Yo utilicé mucho más este segundo (era de más fácil lectura). Cuando apareció la primera edición del libro de los hermanos Wonnacott, la ampliamente aceptada teoría keynesiana estaba siendo atacada por los monetaristas de Milton Friedman. Los Wonnacott, en su libro, se centraron en los problemas y los valores de esas dos grandes propuestas macroeconómicas, de las que hablaré dentro de un momento.

A mí me encantó esa asignatura de Economía. Creo que ello influyó en que más tarde escogiese un doctorado sobre políticas de gestión de la innovación y la tecnología. Además, desde entonces –en plan hobby- he tratado de seguir la macroeconomía con bastantes lecturas. Por ejemplo, hace unos días, en Bruselas, compré el libro “Austerity vs Stimulus. The Political Future of Economic Recovery”, de Robert Skidelsky y Nicolò Fraccaroli. Precisamente, la lectura de ese libro es el que me lleva a escribir estas líneas. ¿Por qué las escribo? Simplemente por si a alguien les son de interés para comprender un poco mejor el contexto económico actual. También para exponer mi punto de vista sobre el papel del estado en la I+D, la innovación, la tecnología, el emprendimiento.

Pero vayamos por partes: ¿Qué es lo que aprendí en esa asignatura de Economía? Os lo expongo de una manera muy rápida y básica: Aprendí que la economía se podía asimilar a un coche y que los gobiernos disponen de palancas para guiarlo. En concreto, tienen dos palancas o pedales: El acelerador y el freno. Aprendí que el acelerador servía para cuando el coche-economía se calaba y que el freno se utilizaba cuando la economía adquiría demasiada velocidad.

¿Cómo me explicaron que la economía se acelera?

Vi que la variable final que lo mostraba era el incremento de precios, la inflación. La (para muchos) terrible inflación. Por ejemplo, en la asignatura comprendí porqué los alemanes tienen hoy tanto y tanto miedo a la inflación. Alemania ha sido tradicionalmente (y lo continua siendo todavía hoy) un país de ahorradores. La inflación se come los ahorros. En ese país, en el período entre las dos Guerras Mundiales se produjo un largo período de hiperinflación. Así, entre enero de 1922 y noviembre de 1923, el índice de precios pasó de 1 a 10.000.000. Si una persona hubiese tenido 300 millones de euros en el banco a principios de 1922, dos años más tarde, su fortuna no le habría permitido pagarse un café en el bar. En ese tiempo, los precios cambiaban constantemente y si uno quería comprar algo, debía hacerlo cuanto antes, ya que cambiaban al minuto. Los empleados salían del trabajo a media mañana para ir a comprar los alimentos básicos del día ya que por la tarde habían subido enormemente. La inflación suponía que el gobierno tenía que estar imprimiendo constantemente nuevos billetes, los cuáles perdían rápidamente su valor. Pero precisamente, ¡el aumento de la cantidad de dinero es causa fundamental de la inflación! Recuerdo la anécdota (seguramente no real) que el profesor nos explicaba para fijar esa idea en nuestra mente: Se trataba de un trabajador que había cobrado el jornal del día. Había necesitado una carretilla para llevar la gran cantidad de billetes que ese jornal suponía. De camino a casa, se paró a hablar con unos conocidos y cuando se dio la vuelta… ¡vio que le habían robado! Pero no el montón de dinero –que estaba en el suelo- sino… ¡la carretilla! Esa idea resume el efecto de la inflación, que destruye el valor del dinero y que los alemanes hoy todavía recuerdan con espanto, ya que esa hiperinflación hizo que sus antepasados perdieran todos, absolutamente todos sus ahorros. Los efectos posteriores no fueron solo económicos. Un célebre economista llegó a decir que “Hitler es el hijastro de la inflación”.

¿Qué significa que el coche-economía se cala?

Significa que la actividad económica se deprime, hay poca inversión, poco consumo, los precios se estabilizan o bajan (deflación) y sube el desempleo. En la asignatura vi que el paro era la variable esencial final, el factor último que muestra que una economía está gripada. Unos pocos años más tarde a lo acontecido en Alemania y que acabo de mencionar, se produjo el período económico más convulso de los que tenemos memoria: La Gran Depresión del 29. Una cifra para resumir qué supuso esa debacle económica: Entre 1929 y 1933 el Producto Interior Bruto americano pasó de 103.000 millones de dólares a sólo 56.000 millones. Una reducción a casi la mitad. Evidentemente, ello supuso quiebras masivas, desempleo, revueltas y convulsiones políticas.

Hace un tiempo leí un libro magnífico, de los mejores que han pasado por mis manos, sobre los motivos macroeconómicos y de las intervenciones públicas que llevaron tanto a la terrible inflación alemana como a la Gran Depresión. Se trata de “Los Señores de las Finanzas. Los cuatro hombres que arruinaron el mundo” de Liaquat Ahamed. Esta obra analiza el período que va de 1914 a 1944 y se centra en las relaciones y decisiones de Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra, Émile Moreau, director de la Banque de France, Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y Benjamin Strong, gerente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, “cuatro personajes cuya lucha obstinada por acabar con la inflación llevó al mundo al abismo. La caída en espiral de la economía llevó al mundo a uno de los periodos más oscuros de su historia, la Gran Depresión, estableciendo las bases de lo que acabaría convirtiéndose en la Segunda Guerra Mundial”. Si queréis conocer mejor la Gran Depresión misma, os recomiendo otra gran obra: “El Crash de 1929” de John Kenneth Galbraith.

La salida de la Gran Depresión se retrasó debido a que nadie sabía cómo debía actuarse. De hecho, las políticas macroeconómicas iniciales fueron en sentido contrario a la solución. Por ejemplo, en los primeros años de esa Gran Depresión, los ingresos del Estado por impuestos descendieron (obviamente) y los déficits aumentaron. El presidente Hoover quedó convencido de que la eliminación de los déficits era esencial para restablecer la confianza empresarial (que es uno de los pilares conceptuales de las llamadas políticas liberales) y acelerar la recuperación económica. En 1932 recomendó que los impuestos fuesen incrementados para recuperar el equilibrio presupuestario. El Congreso estuvo de acuerdo. El resultado fue uno de los mayores incrementos de impuestos en tiempo de paz en la historia de Estados Unidos. Esa política fiscal fue precisamente la opuesta a la que se necesitaba para promover la recuperación. En vez del estímulo necesario, el país recibió una gran dosis de restricción. Estaba puesto el marco para el colapso hacia el punto más profundo de la depresión en 1933 e, irónicamente, la política adoptada no consiguió su objetivo de equilibrar el presupuesto. Debido en parte a la restricción fiscal adicional, la economía se colapsó: con ello, los ingresos impositivos disminuyeron. El déficit persistió. Hoover no fue el único que cayó en la trampa; muchos otros países también incrementaron los tipos impositivos durante la depresión.

Finalmente, apareció John Maynard Keynes, que consiguió ser escuchado y cuyas propuestas, con muchas dificultades, fueron consideradas. Los errores cometidos por los economistas que asesoraron al presidente Hoover pusieron el marco para la revolución keynesiana, con su importante mensaje: las políticas de gasto deberían dirigirse a los objetivos de pleno empleo y estabilidad de precios, y no al objetivo de equilibrar el presupuesto. La política fiscal debía diseñarse para equilibrar la economía y no el presupuesto.

Las dificultades de Keynes estaban en economistas como Friedrich Hayek, formado en la escuela económica llamada austriaca. En este punto, os recomiendo otro libro, que plasma el embate entre ambos. Se trata de “Keynes Hayek: The Clash that Defined Modern Economics”, de Nicholas Wapshott.

Hayek había sufrido en sus carnes el brutal período de inflación alemán. El libro que os acabo de mencionar dice que en su primer mes de trabajo, a finales de 1921, Hayek cobró 5.000 kronen. Pero en el segundo mes, ya cobró 3 veces esa cantidad para justificar la caída del valor de la moneda. Pocos meses más tarde, en julio de 1922, cobró un millón de kronen. En sólo 8 meses, había tenido 200 incrementos de sueldo. Esa experiencia marcó claramente su posterior corriente de pensamiento económico.

Esas dos concepciones de la economía (Keynes – Hayek) todavía imperan en la actualidad y sus diferencias se han mantenido y aún agudizado. Hago ahora un resumen (seguramente muy tosco) sobre esas dos concepciones de la economía.

Los llamados clásicos (es decir, Hayek) consideran que la economía de mercado será razonablemente estable si las condiciones monetarias se mantienen inalteradas. Los clásicos ponen la cantidad de dinero en el centro. Esa cantidad mayor o menor de dinero es la que provoca movimientos de la demanda. Los clásicos se centran en evitar las perturbaciones en la cantidad de dinero. Debido a las rigideces de precios y salarios, los descensos de la cantidad de dinero en manos de la gente, generan desempleo. Por tanto, persiguen eliminar esas rigideces. Los representantes de la tradición clásica consideran que las autoridades deben perseguir un aumento moderado y constante de la cantidad de dinero, de alrededor de un 3% o un 4% anual. Debido a su énfasis en el dinero, los herederos modernos de la tradición clásica se denominan monetaristas. Los monetaristas consideran que la intervención pública debería ser mínima o inexistente.

Los keynesianos creen que la economía de mercado tiende a ser inestable y que el “laissez faire” (no intervención) provoca depresiones crónicas. Creen que el estado tiene la capacidad y la responsabilidad de participar en la gestión de la economía. Los keynesianos confían por tanto en el papel del estado en el control de la demanda y ven con agrado otras políticas públicas para solucionar los problemas de la economía y también cuestiones sociales. Por tanto, los keynesianos suelen colocar en primer lugar la política fiscal. Simplificando, los keynesianos son “más sociales”. El Estado del Bienestar está muy relacionado con sus ideas. Su máxima preocupación es el desempleo. Los monetaristas -liberales- pueden ser vistos como gente más preocupada por el capital. Aunque todas estas frases de este párrafo son simplificaciones extremas. Por otra parte, lo que suponen hoy estos conceptos difieren de lo que fueron cuando nacieron. Por ejemplo, seguramente al mismo Keynes le costaría reconocerse en ciertos conceptos keynesianos actuales.

Nota: Aunque los expertos podrán considerar que es una simplificación tosca, en este texto, para facilitar su comprensión, debéis tomar como próximos o equivalentes los términos “economistas clásicos, monetaristas y liberales”.

Las soluciones de Keynes a la Gran Crisis del 29 fueron las políticas fiscales expansivas. Hasta Keynes, el enfoque para la solución se centraba únicamente en el dinero, en la cantidad de dinero en el sistema. Pero veamos a qué nos referimos con políticas fiscales y con políticas monetarias.

Las palancas del acelerador y del freno

Antes decía que los gobiernos tienen acelerador y freno para guiar la economía. El paro es el indicador más claro de una economía que frena. La inflación es lo más evidente de una economía que se acelera, que se calienta. Inflación y paro son indicadores contrapuestos. Cuando uno sube el otro baja y viceversa (excepto en los contados casos de estanflación). Por tanto, simplificando mucho, las palancas de acelerador y freno sirven para inflación y paro. Cuando sube la inflación, deberíamos apretar el freno. Cuando sube el paro, debemos pisar el acelerador.

¿Cuáles son las herramientas que configuran –según se usen- esas funciones de aceleración o freno de la economía? Las resumo muy rápidamente: 1) Las medidas monetarias y 2) las medidas fiscales.

Entre las medidas fiscales, tenemos a los impuestos y el gasto público.

  • Un aumento de los impuestos elimina dinero en manos de los ciudadanos y las empresas y frena la economía, tanto el consumo como la inversión.
  • Una reducción de impuestos actúa en sentido contrario: dinamiza la economía.
  • Por su parte, un aumento del gasto público (por ejemplo, para construir carreteras, universidades o centros de investigación) aumenta la actividad económica
  • Una disminución del gasto público, la reduce. Pero el gasto público no puede dejar de ser visto en combinación con el déficit del presupuesto y la deuda del Estado. En general, para aumentar el gasto público, el Estado deberá endeudarse. ¿Es mala la deuda pública? No necesariamente. Es mala si se destina a pagar pensiones, ya que sugiere que los ingresos del Estado no pueden cubrir su funcionamiento ordinario. Si la deuda se dedica a inversión y esa inversión genera actividad económica y por tanto ingresos para el Estado, la deuda no es mala. ¿Es malo endeudarse para crear universidades y centros de investigación? En este caso, el retorno será a largo plazo. Pero en principio se trataría de una “deuda sana”.

Entre las medidas monetarias están el tipo de interés del dinero, el coeficiente bancario de caja, el tipo de interés de descuento, la emisión de moneda y la devaluación de la moneda.

  • Un aumento del tipo de interés del dinero dificulta el acceso del consumidor y del inversor al dinero y por tanto reduce la actividad económica. Además, estimula el ahorro, que supone una filtración de la corriente de gasto.
  • Una disminución del tipo de interés actúa en sentido contrario y estimula la economía
  • El coeficiente de caja es la cantidad de dinero, medido como porcentaje de los depósitos que reciben, que los bancos deben mantener como activos líquidos. Si aumenta ese coeficiente, los bancos podrán prestar menos dinero y la economía frena. Al revés ocurre con una disminución de ese coeficiente.
  • El tipo de interés de descuento es el interés al cual el Banco Central de turno presta dinero a sus bancos. Si ese tipo baja, los bancos se endeudan más para después prestar dinero al mercado y por tanto la economía se acelera. Y al revés.
  • Por su parte, la emisión de dinero actúa también como una dinamizador. Cuando el banco central introduce más dinero en la economía, esta se ve acelerada. El Banco central introduce dinero en la economía comprando deuda pública en el mercado abierto. Esa deuda pública puede ser vendida al Banco central de turno por bancos o por privados, los cuáles, después, movilizan en la economía el dinero que reciben.
  • Usada en casos extremos y como última opción, la devaluación o revaluación de la moneda reequilibra la economía en el contexto internacional.

No todos los instrumentos actúan proporcionalmente igual. Por ejemplo, un aumento del gasto público tiene un mayor efecto sobre la economía que una reducción de impuestos por el mismo importe.

La crisis de 2007

Con Keynes como referencia y con la llegada de la crisis global de los años 2007 y 2008, yo entendí (casi siento decirlo, creo que soy el único, no me veáis como un bicho raro) lo que pretendía Pedro Solbes con el Plan E, el Plan Zapatero, que movilizó unos 50.000 millones de euros. Ese Plan E era a mí entender (sólo un pobre estudiante a quién le había gustado la asignatura de economía) una reacción de libro ante una frenada de la actividad económica. Pero con una parada económica tan brutal como esa, hubiesen sido necesarios decenas y decenas de Planes E para evitar el gripaje de la economía. Mucha gente ha criticado ese plan, por la oportunidad y creo que todavía más por la precipitación en su diseño y el desorden en su implementación. Pero, como decía, a mi modo de ver, respondía a las reglas establecidas: Se trataba de introducir actividad económica, en este caso, a través de las empresas constructoras. Una actividad económica que también la hubiesen introducido los “helicópteros del dinero” que más tarde alguien defendía como política que debía aplicar Europa. Se decía que una posible medida de reactivación sería repartir dinero (a cambio de nada) entre la población, la cual aumentaría el consumo, gastaría en bienes y servicios y reactivaría la actividad. ¿Queréis una medida más discrecional que la lluvia de dinero? Pues seguramente hubiese sido oportuna en algún momento.

Posteriormente, se da el rescate bancario masivo. Todo ello elevó el endeudamiento de los estados. Se llegó a la crisis de la deuda soberana. ¿Y qué pasó a continuación? Pues llegó la austeridad. La reducción del déficit y de la deuda pública.  El déficit en el presupuesto anual se da cuando los ingresos del estado son menores a los gastos. En estos casos, para pagar los gastos superiores a los ingresos, el Estado pide prestada la diferencia, el Estado se endeuda. La deuda pública consiste en la suma acumulada de todas las cantidades que el sector público ha pedido prestadas en el pasado para financiar sus déficits anuales. Seguramente los capítulos del libro que más estudié fueron los de Keynes y debido a ello yo no entendía nada: ¿El coche se cala y debemos apretar el freno? ¿No deberíamos estar apretando el acelerador? El libro de Economía que yo utilicé en mis estudios decía textualmente:

Una trampa: El presupuesto anualmente equilibrado. Debido a que el presupuesto efectivo tiende automáticamente hacia el déficit durante las recesiones, representa una trampa para el gobernante profano. Supongamos que las autoridades intentan equilibrar el presupuesto efectivo cada año, ¿qué sucede cuando la economía entra en recesión? El presupuesto se mueve automáticamente hacia posiciones de déficit como resultado de los descensos en la regulación impositiva. Si  las autoridades están decididas a equilibrar el presupuesto, tienen dos elecciones: reducir el gasto público o incrementar los tipos impositivos. Cualquiera de ambas medidas deprimiría la demanda agregada y empeoraría la recesión. Elevando los impuestos o reduciendo los gastos, las autoridades contrarrestarían los estabilizadores automáticos incorporados en el sistema fiscal. Tratar de equilibrar anualmente el presupuesto es una trampa de política económica.

Pues, a pesar de ello, resulta que Europa ha impuesto el freno (la austeridad, para ajustar el déficit y reducir la deuda pública). ¿Estamos en una trampa? Hay que entender algo más.

Post-Keynes: La crisis del petróleo

En los 80 renació la vieja escuela económica de los monetaristas, liberales, que consideran que la economía no necesita los estímulos gubernamentales, las políticas fiscales. La referencia académica de ese renacimiento fue Milton Friedman, quién en 1947 fundó con otros economistas, entre ellos el mismo Hayek, la sociedad liberal clásica “Mont Pèlerin”. En 1957 expuso que el aumento de los ingresos corrientes no provocaba en el corto plazo un efecto sobre la demanda. Afirmaba por tanto que la intervención del Estado no reactivaba la economía. Asumió la teoría clásica cuantitativa del dinero y fue él –Friedman- quien propuso resolver los problemas de inflación limitando el crecimiento de la oferta monetaria a una tasa constante y moderada.

Los liberales –monetaristas- consideran que las bajadas de impuestos, tipos de interés bajos y mucha desregulación son herramientas suficientes para guiar la economía. El liberalismo considera que el gasto público es perjudicial para la economía ya que absorbe el ahorro privado, hace subir el tipo de interés y por tanto provoca la disminución de la inversión privada. Esta corriente de pensamiento renació con Reagan en Estados Unidos y con Thatcher en UK. La crisis del petróleo provocó una situación económica que los postulados de Keynes no sabían tratar: Una elevada inflación (debido a un “elemento externo”, el petróleo) y desempleo. Una situación de las más temidas por los economistas, la llamada estanflación. “There is no alternative” dijo Margaret Thatcher, fomentando una gran competencia, a todos los niveles, y desmantelando el sector público británico.

Los liberales han ido ganando espacio en las últimas décadas y Europa ha decidido abrazar políticas liberales. Sus soluciones para el momento económico vivido en los últimos años son consecuencia simultánea de ese tipo de políticas y de la aversión alemana por la inflación. Esas soluciones surgen del corazón de Europa, de Alemania, y son del agrado del mundo empresarial. Además, en los últimos tiempos ese liberalismo ha virado hacia un capitalismo más duro, que frecuentemente llega a afectar el equilibrio con la misma democracia. Todo ello explica cosas que hemos visto y que estamos viviendo ahora mismo. Explica por ejemplo el tremendo descoloque de una parte de la izquierda política, en concreto del socialismo europeo. Explica que no haya encontrado su espacio en Francia, dónde de hecho ha desaparecido, que Jeremy Corbyn tenga tantos problemas de liderazgo en su partido, que el Pasok griego tenga menos de un 5% de los votos o que el PSOE español tenga dificultades para diferenciarse de los partidos conservadores y esté dando constantemente soporte a sus políticas. Explica que estos mismos días Martin Schulz se vea presionado por todo el mundo, empezando por el presidente Frank-Walter Steinmeier, para “formar gobierno”. Por supuesto, acabará cediendo, a pesar de que juró que no volvería a reeditar el gobierno de Angela Merkel. Ese (des)equilibrio delicado entre economía y democracia explica también la “reforma exprés” de la Constitución española de 2011. La modificación afectó el artículo 135 estableciendo el concepto de estabilidad presupuestaria y asegurando que el pago de la deuda pública fuese lo primero a pagar frente a cualquier otro gasto del Estado. Aunque sería largo de explicar, explica también el interés de determinados autores, como Pikety, por la desigualdad en el mundo, creciente según los resultados de este economista (aclaro que una de las consecuencias de las políticas liberales, según sus detractores, es el incremento de la desigualdad). Explica también el debate sobre de donde tienen que salir los impuestos, de si de las rentas del trabajo o del capital y explica que estas últimas aporten muy poco. Explica que se luche poco contra los paraísos fiscales. Explica la voluntad de desregulación en todos los ámbitos de la economía.

¿Dónde están hoy las palancas de la economía?

Pero además, con la entrada a Europa, un país como España ha perdido todas, absolutamente todas, las herramientas de política monetaria. La peseta ya no existe. Coeficientes de caja, tipo de interés y emisión de moneda están en manos europeas. Pero además, la imposición de un determinado déficit por parte de Europa impide el endeudamiento y por tanto el aumento del gasto público. Hoy España sólo tiene una palanca: Los impuestos (siempre que su reducción no acabe afectando el déficit).

En definitiva, Europa asume hoy todas las palancas que un país como España puede necesitar para estimular o frenar su economía. Alguien se preguntará: ¿Frenar? ¿Cuándo España ha necesitado frenar su economía? Pues no hace tanto. Por ejemplo, en momentos de la enorme burbuja inmobiliaria. Las políticas seguidas en ese momento fueron claramente anti-cíclicas, contraproducentes, con estímulos fiscales a la compra de vivienda cuando el mercado ya estaba enormemente activo.

El hecho de que las palancas de estímulo estén en Europa y Europa haya optado por unas políticas determinadas, que ponen el foco en el control de la deuda pública (considerada como excesiva) y muy influenciadas por el miedo alemán a la inflación, dificulta el control de las economías del sur de Europa. Esas economías (España, Portugal, Grecia…) necesitarían políticas expansivas, de generación de déficit público, por ejemplo por aumento de gasto público y reducción de impuestos. En cambio, esas economías se encuentran con políticas contrarias, lo que dificulta la generación de empleo. Además, España se ha endeudado enormemente en los últimos años. Pero se ha tratado de un endeudamiento poco “productivo”. Primero, se ha transferido (a través del rescate bancario) a la deuda soberana la deuda privada generada durante los años de la burbuja inmobiliaria. Segundo, se están asumiendo los costes sociales (paro, pensiones) del freno económico.

El mundo hoy

Hoy la austeridad es cada vez más cuestionada. Pero os hablaré de ello otro día. También expondré mi punto de vista sobre el papel del estado en la I+D, la innovación, la tecnología, el emprendimiento. Aunque no os lo parezca, pienso que está totalmente relacionado con lo expuesto.